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domingo, 10 de agosto de 2008

El hombre alado


'A veces creemos que el presente es constante…Permanente. Sin un antes ni un después. Pero ese concepto trastabilla cuando el peso del pasado en nuestros hombros, hace acto de presencia para resguardar nuestra identidad.'

Tonycarso

El hombre alado


El hombre hizo lento su camino. Tan sólo faltaban diez minutos para llegar al lugar de la cita concertada. Cita de sábado por la noche que se repetía desde un tiempo atrás. La cena era compartida y le agradaba desgranar sus palabras en pos de oídos hambrientos de relatos, sentires y rimas en metáforas.
El hombre caminaba lento; nadie apuraba su paso. Era como si en cada movimiento absorbiera un poco más de la Vida. Sus pensamientos confluían en un punto y por más que quisiese alejarse de él, caprichosamente regresaba a escondidas jugueteándole a su pesar.
Deseaba desplegar las invisibles alas en su presencia entregando definitivamente el alma en la extensión de aquel abrazo alado.
Su peso no era peso que disgustara en su paso lento. Sus pensamientos estaban más allá de las molestias por las contradicciones. Él avanzaba... Él arremetía... Él insistía en su terquedad hosca y solitaria...
- Algún día… – se decía -… se abrirían las puertas de la gloria y la dicha definitivas.
El hombre ensoñaba sus pensamientos con el recibimiento por venir. Imaginaba recepciones... Manos que se tocan con ansias de ser prisioneras en momentos eternos... Miradas en silencio, de silencios en miradas que deshacen, escudriñan y entregan el alma sin contemplación, sin temores y con tiempos a la magnificencia de la Vida.
Apoyó el pie en el umbral de la puerta, mientras su corazón se transformaba en un tambor selvático anunciando la aparición esperada.
La sangre bullía en su cerebro y tuvo que buscar apoyo en la pared lateral para aspirar profundamente… Los ahogos eran continuos... Las ansias estaban acumuladas y el solo hecho de imaginar su figura descendiendo las escaleras, con la sonrisa clara dibujada en el rostro, el abrir nervioso y torpe de la puerta apurada por entregar el abrazo a un abrazo esperado, hacía vibrar su cuerpo manteniéndolo en vilo. La mano se apoyó franca y abierta en la pared, su cabeza fue hacia abajo para tomar una bocanada de aire y despedirla en una exhalación. Repitió varias veces estos movimientos hasta regresar a la normalidad y retomar la seguridad de su postura.
No tuvo en cuenta el tiempo transcurrido, y se sorprendió observando en la penumbra de la noche iniciada, el ramillete de flores blancas que colgaban del laurel… Pero no dispondría de ellas. Esta vez prefirió que quedasen y terminaran su período de Vida en sus simientes.
- Esta noche no habrá flores blancas – se dijo sin darse cuenta que aquella frase ya contenía aroma a presagio-
Aspiró nuevamente mirando un cielo entre estrellas y nubes, y una luna incompleta, creciente y escondida en algún retazo del gran espacio… Lamentó entonces el no poder ascender como antes a su cielo y volar con aquella libertad que lo caracterizaba en sus dominios. Había descendido de él, no sabía en qué momento, ni recordaba la salida. Desconocía si lo había hecho en un descuido por sí solo, o lo habían desalojado impiadosamente, impulsándolo al vacío, al descenso, a los abismos… Y en su desesperación, arañaba las paredes de los tiempos y de los espacios de sus soledades y angustias, sangrando sus dedos sin uñas y sus manos sin piel, en el afán de encontrar la brecha que lo llevara feliz a su reino celestial eternamente abierto. Tal vez fueron esas tremendas ansias las que lo impulsaron a proyectarse hasta el pulsador y oprimirlo en dos oportunidades, por temor a no ser escuchado, con la gran ilusión pintada en sus ojos, en su boca y su el alma.
Las manos estaban enloquecidas por acercar sus dedos y acariciar su rostro; su pecho ardía por adherirse a suyo y sus labios en fuego, para quemar en fuego a esos otros labios suyos. Temblaba. Era una débil rama sacudida por la brisa. Todo su cuerpo trepidaba… Pero templó sus alas; ellas harían el resto como lo hicieran otras tantas veces. Llevaban es sus grandes plumas, la magia de aquella poción que sumía en el encantamiento de un hechizo de amor.
El hombre estaba preparado. Así lo sentía. Así debía ser. Jamás con aquel sentimiento dejó de ser. La atracción era mutua, existía la dosis de química que lo hiciera funcionar… Había comunicación y nunca dejaron de percibirse aún estando en diferentes puntos del espacio… Ellos se llamaban y se encontraban… Se pensaban y se veían… Se deseaban y se poseían… Un solo cuerpo. Una sola mente. Un solo corazón.
No dudaba del poder que a ambos los unía, pero la luz que bañaría las escaleras, no se encendió… El tiempo transcurría y la oscuridad se había tornado transgresora de aquella ilusión.
Una voz impersonal se desprendió desde lo alto del gran balcón y una llave resguardada en un trozo de género, se precipitó al piso. No hizo ni siquiera el mínimo ademán de tomarla en el aire como otras tantas veces en las que hacía gala de sus reflejos. No, no era ella… Y su alma se desplomó sin estrépito, sus ansias se comprimieron en un grito sordo que pujaba en la impotencia, mezcla de broncas y desencuentros, de soledades y ausencias, de necesidades sin cubrir, contenidas en frustraciones de intentos vanos.
Tomó lentamente y en silencio la llave del piso, la introdujo con un movimiento mucho más lento en el orificio de la cerradura, deseando que jamás se abriera y despertar rápidamente de aquella pesadilla… Pero no… La cerradura cedió. No era una pesadilla, tampoco un simple sueño… Era menos sutil y mucho más cruel… La realidad.
La posibilidad que llegara más tarde no apaciguaba su dolor. Tomaría las fuerzas desde las oscuras profundidades, aspiraría todo el aire que pudiera, hincharía bien su pecho y dibujaría una sonrisa en su boca con mucho sacrificio y ardor, para entregarla a la anfitriona que esperaba solícita, apoyada en el respaldar de la silla, en uno de los extremos de la gran mesa. No comprometería a sus ojos, porque por ellos miraba su alma… No obstante, temía por su voz. Temía que ésta se tornara trémula, vacilante, ahogada por una angustia difícil o imposible de apaciguar con un trago de cordialidad.
Ya no pudo desplegar sus alas en aquella mesa. Cumplió con gran esfuerzo su cometido y se retiró prontamente. No controlaba sus acciones y temía cometer alguna torpeza.
El llanto sacudió a su alma en un vacío. Huérfano y desprotegido, partió.
Y fue ahí que enloquecido, clamó por los vientos, gritó con broncas el nombre ausente y abrió sus alas que se expandieron mucho más en el contraste de aquel cielo, perdiéndose en las oscuridades de las calles que soñara recorrer con ella, como final de una habitual cena, en un acostumbrado sábado por la noche.
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Cuentan los parroquianos en rueda de boliches, entre el vaho del alcohol que mana de las copas y raspa sus gargantas -que dicen estar siempre secas, a veces hasta la borrachera, mientras las comadres murmuran en orejas ajenas-, que de vez en cuando, en las noches con nubes y estrellas y un retazo de luna creciente escondido en algún espacio de un cielo infinitamente abierto y eterno del barrio de Flores, se escucha el batir de grandes alas acompañadas por brisas que traen en sus sonidos el nombre de su amada ausente.
También dicen que las sombras que se ven, no son sombras de nubes, son sus alas que permanecen extendidas para poseerla sin pérdida de tiempo, en un abrazo eterno con fibras finas de oro y plata, con engarces de armonía y amor, cuando la Vida le otorgue el derecho del último encuentro.

Carta... De la sombra al hombre

A Magari
Carta
…De la sombra al hombre.


¿Sabes?… Es una sorpresa para ti… Y una satisfacción para mí hablar contigo aunque más no sea a través de esta carta y después de haber caminado a tu lado el tiempo que llevas de Vida, con excepción claro, cuando me extravías en la oscuridad.
Tal vez lo ignores, pero al menos estarás sabiendo que también existo… Plana, adaptándome a cada circunstancia perteneciente a una geometría accidental. Unas veces me colocas adelante, otras atrás, como fastidiado por mi perseverancia; muchas otras a tu costado o saltando según tu caprichoso deambular con la intención tal vez de abandonarme en algún rincón, en un escape repentino cubierta por mis mayores, sin que pienses que estaré esperando en el otro extremo con el deber de acompañar tus pasos permanentemente, sin pedir algo a cambio.
Nací contigo. Soy hija del obstáculo. No tengo conocimiento si mi existencia es útil. Al menos sé que de algún modo lo es para otros, como la de los otros lo es para ti… Pero de algo estoy segura: que gracias a tu existir, existo. Y al existir yo, sabes que entre luces y sombras, existes. Eso… Aunque rara vez te preguntes sobre mí.
Todas somos hijas de obstáculos. Sin ellos no tendríamos existencia.
Somos ínfimas, pequeñas, grandes, inmensas, pero sin mostrar el volumen exacto de nuestro obstáculo. Es nuestro secreto entre él y la luz.
No poseemos sonidos, tampoco visión. Nos adherimos al obstáculo como el ciego al lazarillo; pero me siento feliz porque me das movimiento y por no pertenecer a las que siempre están quietas o adormecidas según la luz.
Por eso, a donde vayas, irremediablemente estaré contigo. Nací contigo. Partiré contigo.
Pero… ¿Sabes?… Constantemente recorre por mi figura plana un desagradable escozor. Cuando te abrigas a la sombra de otros obstáculos, no se aviene a mí el temor porque estás, y de alguna manera, débil, casi difusa, sé que también estoy… Más cuando penetras en la oscuridad, tiemblo. Te abandono o me abandonas y es entonces que corro hasta el otro extremo aterrada, como presintiendo encontrarte nuevamente ahí. Pero mientras la espera transcurre, la angustia de ignorar si es ésa tu salida, desespera mi existir plano y ausente… Hasta que aparezcas, porque si yo he equivocado el lugar del reencuentro o desconoces mi paradero, me corroe el temor de que ambos hubiésemos partido sin tan siquiera un cordial gesto de amistad.
Con afecto, tu sombra.

viernes, 1 de agosto de 2008

AVALÓN


AVALÓN

(Un reino escondido en el subconsciente)



Cuentan las lenguas reservadas de los ancianos, -en ruedas nocturnas casi secretas-, que en los años de… Ya ni se acuerdan cuáles, porque de tanto narrar la historia se les fueron borrando algunas referencias, y entre ellas, los años que corrían cuando sucedieron los hechos que armaron la trama y que en los relatos posteriores se transformaron en leyenda.
Desde aquel entonces, surgen comentarios que se hacen en voz baja porque existe el temor de que se los condenen por fantasiosos y enajenados.
En esa época, en tierras muy lejanas se erigían los cimientos de una pequeña aldea…, que se sabe que ya no existe; pero si así fuese, no sería reconocida como tal por la mayoría de la humanidad, porque mancharía la existencia del hombre… En ella habitaba gente común en total estado de felicidad, ya que era protegida por Hadas… Estos seres maravillosos y fantásticos, fueron destinados a asistir a los habitantes cuando estaban muy revoltosos y no se soportaban entre sí, en una prueba piloto para brindar sus dones benéficos y hacerles más placentera la Vida en la tierra.
Estas admirables inmortales, provenían de Avalón, país remoto y mágico, enclavado en una isla boscosa en las entrañas mismas de la tierra.
Todo era de maravillas hasta que llegó el día… ¡Justo ese día!..., en el que un sortilegio equivocado golpeó malamente el equilibrio y la armonía de aquella minúscula comunidad.
Una mujer, esposa y madre devota de uno de los tantos hogares de la pequeña aldea, decidió aceptar y acudir a un curso acelerado de magia para los humanos… Muy lejos de escuchar los reclamos de su esposo e hija sobre los peligros que tales artes representaban para los que no pertenecían al reino mágico.
Sin meditarlo y entusiasmada, arremetió de lleno a cultivar los conocimientos de la magia prestada, prometiendo no hacer uso de ella en el hogar y mucho menos con sus integrantes… Pero, más pudo la vanidad que impulsó al deseo y éste al descontrol… Un buen día decidió demostrar prematuramente lo aprendido rompiendo la promesa, y sin decir: “Agua va”, gritó con toda su energía, mientras sacudía frenéticamente la varita, marcando destellos de colores que inundaron las habitaciones…
- “¡Qué todo cambie y se conjugue entre sí!”
Claro que no estaba para nada entendible lo que la mujer quiso decir o al menos, qué conjuros invocaba… Lo cierto es que la mesa compartió su mitad con la silla, las puertas con las ventanas, la cocina aceptó la mitad de la pileta y los muebles se repartieron entre ellos sus mitades. La cerradura le cedió su parte al picaporte… El techo se abrazó al piso, la chimenea fue mitad escalera y ni qué hablar del resto de la casa. Pero lo que mostró el grado mayor de aquella imprudencia, se reflejó en la perra y el gato. Ellos no se repartieron sus mitades. La hija recibió la mitad del cuerpo de la perra y el padre la del gato. Las aves previsoras desaparecieron a tiempo por esas cosas del instinto conservador, con sabor a salvaje que tiene todo lo salvaje.
La desdichada mujer aprendiz de bruja buena, ante la imagen que se presentó a sus ojos, se desesperó y sin pensarlo dos veces -es más, ni tan siquiera lo pensó una- trazó nuevas líneas en el espacio con su varita para que todo volviera a la normalidad. Pero lo único que logró, fue desaparecer ella con las mitades sueltas.
Todo quedó tal como lo dejó. No hubo tiempo de por medio que dijera de la duración de aquel conjuro.
Más que preocupados, padre e hija corrieron a la escuelita de magia sufriendo en el trayecto atrocidades propias de humanos embebidos en su ignorancia y sus inmundicias. No obstante, llegaron… Golpeados, maltratados, humillados… Pero llegaron. Ella con su cuerpo canino… ¿Y él?... Con el del gato.
- “¿…Y las otras partes…?” -Preguntó el Hada promotora de los cursos para aprendiz de bruja buena, convencida de que con esta ocurrencia ayudaría a solventar los gastos del instituto y del grupo abocado a la docencia-.
La idea fue bien recibida por el Hada Suprema en su momento, pero cuando se enteró de los pormenores, supo que había metido la pata. Al momento, la congregación la despojó primero de los poderes, para expulsarla después. De tal manera, ellas conservarían honorabilidad y creencia sin hacerse cargo, por supuesto, de los errores cometidos por la súbdita proscripta… Y lo que fue más doliente… La grey no se preocuparía por los problemas de los dos mortales. Pero el Hada desplazada no era ninguna improvisada. Conservaba -demostrando su picardía y experiencia en estas lides- uno de sus poderes aún no desarrollado, el que pasó desapercibido para las Hadas Revisoras por no alcanzar un grado de notoriedad.
En la soledad de su exilio, aprovechó y le dio curso. También grandeza. Lo perfeccionó como a ninguno para sacarlo a la luz en aras del bienestar que prodiga el Hada Buena.
Concertó entonces una reunión clandestina con el padre hombre-gato y la hija mujer-perra, pero muy en secreto. No vaya a ser, que la alta jerarquía de las Hadas, le quitara el último valor… poder con el que podía recuperar también en silencio los otros, reprimidos y arrancados violentamente; así como la suma de muchos más, que se avendrían debido a la injusticia cometida, según lo que rezan las reglas sagradas de la comunidad hadística y que la transformarían en la más poderosa del reino.
Lo cierto es que le dio la posibilidad al dúo compartido, de retornar a sus formas originales después de un largo período de espera, acompañada por las desidias a las que los enfrentaron frecuentemente los humanos.
Grande fue la sorpresa del Hada Buena cuando escuchó de sus bocas:
- “Deseamos volver a las formas originales, pero a la de los animales…, perro y gato.”
La genio asombrada intentó persuadirlos, más la respuesta la dejó boquiabierta.
… Y el padre agregó:
- “Los humanos somos más animales que los animales. Aún con raciocinio somos perversos e impredecibles con los inocentes o infortunados… Y hemos decidido renegar de nuestra especie para pertenecer al reino animal por su nobleza.”
- “Entonces…” -advirtió el Hada Buena- “no recordarán absolutamente nada después del encantamiento final. No se reconocerán como padre e hija y…”
- “No importa” –interrumpieron ambos uniendo sus cuerpos en una sentida pero necesitada despedida final-
La varita trazó diferentes figuras en el espacio, sembrando infinitas partículas brillantes multicolores que fueron tomando formas diversas mientras su voz dulce, suave y lozana, ordenaba los cambios solicitados.
Cuentan también las lenguas reservadas de los ancianos, en ruedas nocturnas casi secretas, que aquella Maga logró ocupar el sillón que la erigía en el Hada Suprema y por lo tanto en la regidora máxima de su reino, acompañada permanentemente de su gatito carismático y su fiel perra, que prodigaban ronroneos y lengüetazos a pesar de las premisas de su ama, sin comentarle a ella que el amor filial, pase lo que pase, jamás se pierde entre seres que se aman.
Si alguna vez observamos a un perro y un gato que se miman, recordemos el porqué, pero no lo divulguemos en voz alta porque podríamos ser condenados por la sociedad, por fantasiosos o enajenados, o simplemente… crédulos.

miércoles, 30 de julio de 2008

¿Y AHORA?... ¡QUÉ!

“El sol grita su luz... Y nosotros la ignoramos sumergiéndonos en la oscuridad de la noche.”
Tonycarso

A Magari

¿Y AHORA?... ¡QUÉ!

- “El tiempo se nos viene encima. La noche nos pisa el Alma y el mundo se halla inmerso en la oscuridad”…
Tales eran los pensamientos de aquel guerrero cansado, agobiado por las inclemencias de las confrontaciones en batallas con seres como él. Seres que defendían sin conocimientos de lucha, lo poco que poseían: sus pequeñas pertenencias, sus familias, sus causas, sus motivos por conservar la Vida, y que en su mayoría eran avasallados por el poder organizado del hombre ambicioso y despótico.
Él había sucumbido cuando joven a los hechizos de la empuñadura de plata y oro de la que sería su espada. Ella en sus manos era conducida como ninguna. Todos murmuraban la posibilidad de una energía propia que regía los destinos de otras vidas con tamaña destreza… Y por el sendero del corte exacto a la altura del cuello, dejaba un torso huérfano, sin cabeza, sin brazos, o sin piernas, despedazando en un vaivén de armoniosos movimientos, un cuerpo que caía lentamente sin vida, mientras de él se alejaba la sangre y su alma se desvanecía en un infinito de niebla y polvo, cargado de historias apagadas.
Agotado, angustiado, abatido en los constantes desafíos con sangrientos desenlaces en enfrentamientos propios de quien depende de sus armas, provistas por un ejército de conquistas, para combatir ideas y bienes ajenos, considerados impropios por el poderoso. Cansado de manchar la tierra y su cuerpo con el fluir de la sangre y presenciar despojos como alimento de alimañas y aves de rapiña, aplastó el polvo del camino con sus rodillas descubiertas, dejó las manos apoyadas en la empuñadura gastada de su espada clavada en la tierra e intentó ocultar entre ellas su curtido rostro inundado por las lágrimas, de aquella luna curiosa que a toda costa quería saber de su dolor.
Suplicó perdón a la Vida por su pobreza en un delgado hilo de voz lastimera desde lo más profundo de su garganta seca, con ansias de redimirse mientras que por las cuencas de sus ojos brillosos pasaban las imágenes de la última cruenta batalla. Todo un pueblo había sucumbido ante su espada y la de sus compañeros.
Con furia irguió su cuerpo. Tensó las fibras de cada músculo y se encaminó resuelto hacía el borde del acantilado; con un grito desgarrador que nació de toda una vida cargada de muertos, arrojó su espada y tras ella, su cuerpo inició el descenso vertiginoso que lo llevaría por el sendero de la oscura eternidad.

… Y en aquel silbar del viento en sus oídos, con una mirada vacía de tiempos, se pregunto…
- ¿Y ahora?… ¡Qué!
Un golpe seco se propagó en eco y penetró en el corazón de la Tierra; fue entonces que el guerrero se perdió en las sombras de una noche sin ambiciones ni dueños.

domingo, 27 de julio de 2008

LA CASONA DE LA NOCHE NEGRA (Entre margaritas y malvones)

"Siempre hay error entre los hombres cuando no se posee la seguridad en sí mismos" Tonycarso

LA CASONA DE LA NOCHE NEGRA (Entre margaritas y malvones)

A Magari

La esperó solapado en un rincón de su cuarto, al abrigo de la oscuridad de una lámpara sin luz y de una noche en la que la luna incipiente, lastimosamente prestaba reflejos de sus rayos de plata sobre el viejo naranjo del patio trasero de la casona.De vez en cuando, en alguno que otro movimiento para cambiar la postura, sus ojos inyectados de odio se mostraban tenebrosos ante el refulgir de un haz de luna en la ancha hoja de metal de aquella cuchilla que tomara a hurtadillas de un cajón del mueble de la cocina. Su intención macabra lo concentraba en su condición de animal-bestia al acecho.Evitaba encender un cigarrillo para calmar su ansiedad, porque no debía alertar a su presa. Controlaba a duras penas su respiración que galopaba en sus pulmones.No podía fallar… ¡Este era el día!… ¡Esta era la noche!Él sabía y estaba convencido… Las costumbres eran sus aliadas. Pronto vendría a darle el beso de las buenas noches y estaría preparado para culminar la obra que lo obsesionaba.Transpiraba su sudor y bañaba su cuerpo en él… El calor y la presión se hacían sentir... Eran insostenibles, al igual que la invasión de insectos a los que soportaba estoicamente.El mango de aquella cuchilla siniestra se le había pegado a su mano izquierda.Los segundos eran minutos y estos, horas. Sus nervios lo consumían… Cuando se escuchó el familiar sonido proveniente del arrastrar de las sandalias, en su rítmico andar, que acercaban con sus cortos pasos a la mujer que lo gestara 33 años atrás…, contuvo la respiración. No temía quedar sin aire.Crispó su mano en el mango de la cuchilla, la hoja se elevó ardiente en pie de guerra. Hambrienta, amenazante y conocedora de su poder destructivo en manos de un ser poseído por el descontrol y las fuerzas macabras de las sombras eternas.Aquella mujer de paso cancino, regordeta con su carita redonda, cargando años de sacrificios, llantos, oraciones, esperas y frustraciones, y una que otra esperanza, penetró en la habitación como lo hiciera durante tantos años, como un ritual impostergable.A tientas, pero segura, se dirigió hasta la cama de su hijo, mientras su voz maternal prodigaba en ese espacio cargado de oscuras intenciones, su aliento de ternura.... Manu… Manu… ¿Ya estás dormido hijo? Vengo a darte... -Y su voz quedó trunca en la garganta. Ya no podía completar aquella frase de todas las noches. Tampoco habría palabras nuevas en ella-La hoja de acero arrojaba destellos intermitentes en la oscuridad. Hambrienta de carne y sangre, dibujó un arco abriendo el aire de un tajo y penetró sedienta, certera y ambiciosa en la espalda arqueada de aquella sorprendida e indefensa anciana. El primer golpe sonó seco y dijo de la rotura de algún gastado hueso que se cruzara en su camino… Pero a él no le importaba cuál. Estaba concentrado en su tarea. No podía detenerse ante insignificantes sucesos. Su mano derecha estaba enredada en la abundante y blanca cabellera de aquel cuerpo inerte desde el primer desquiciado golpe; la sostenía de pie, mientras su mano izquierda, blandiendo con fuerzas el mango caliente, ascendía y descendía por el mismo arco sin intervalos. Una y otra y otra vez… llegaba hasta la superficie de la carne, señal suficiente que indicaba que la fría hoja había llegado a su destino. Cien veces se elevó por los aires, y otras cien veces cayó convencida de un surco nuevo.Extenuado y con el brazo acalambrado por el esfuerzo violento y asesino, dejó caer el cuerpo de su madre al piso y se aplastó en la cama para recuperar energías. Su pecho subía y bajaba en respiración agitada. La excitación lo había llevado a un estado de situación extrema haciéndolo pasar por constantes ahogos.No supo cuanto tiempo quedó con la mirada pegada en la oscuridad del techo. No le importaba carecer de un punto de referencia, es más, daba muestras de no importarle absolutamente nada. Él tenía sus propias imágenes calcadas en la mente… Y las fue repasando con lentitud, justificando con sus análisis, la acción.Al cabo de aquel tiempo de inanición, de un salto se puso de pie y se encaminó hacia el patio, que ahora estaba más iluminado al animarse la luna a invadir el espacio sin permisos. Quitó la madera que cubría el pozo que cavara con anticipación y excusas inverosímiles y regresó a su cuarto, se inclinó sobre el cuerpo inerte de su madre y, como un experimentado desarmador, metió sus pulgares en el hueco de los ojos y presionando en ellos, los arrancó con un solo movimiento, los colocó dentro de una bolsita negra y a su vez, la envolvió con un pañuelo de seda amarillo. Más tarde, arrastró el cuerpo sin vida hasta el pozo arrojándolo sin contemplación y con odio. Un ruido sordo surgió de su interior y se apagó sin eco en el silencioso hueco de la madrugada. Dejó caer de inmediato el pañuelo amarillo con su contenido macabro, que siempre maldijo en su exasperación.Poco a poco cubrió el pozo. Durante el día apisonaría la tierra y plantaría en honor a ella margaritas y malvones en la superficie.Se quitó la ropa, limpió prolijamente el cuarto y en otra bolsa grande, metió todo aquello que lo comprometería, depositándolo en la vereda en el preciso momento que hacía su aparición el camión recolector de basura. No quiso correr el riesgo de manos anónimas y necesitadas de elementos que nada tenían que ver con su contenido.¡Al fin estaba solo!... ¡Al fin lejos de tantas recomendaciones molestas!... ¡Ya no más caricias de manos ajadas, ni molestos besuqueos con aliento a viejo!Después vendría un cuidadoso baño y con su cuerpo mojado se recostaría sobre sábanas limpias, adentrándose en su sueño de lo-cura y paz.La madrugada corrió sus horas y los primeros visos de claridad provenientes del alba, iluminaron tenuemente la habitación ordenada.Manu dormía su sueño de otros infinitos sueños.El reloj sobre la mesa de noche marcaba las 7 y 30 de la nueva mañana, mientras el sol prestaba generosamente algunos rayos que acariciaron los revoques caídos de la pared medianera del patio trasero. Dos viejas y ajadas manos abrieron las celosías de una de las siete habitaciones que daban a la larga galería. Fue entonces que las baldosas dejaron oír el familiar arrastrar de gastadas sandalias en un recorrido acostumbrado y matinal, dirigiéndose a la cocina, seguido de ruidos de jarros, cubiertos y agua llenando algún recipiente… Y un desayuno humeante con olor a tostadas que partían desde la bandeja, que portaban aquellas manos, iba rumbo a la habitación de Manu. Debía despertarlo con el desayuno en la cama como era su costumbre de tantos años. Una nueva jornada se iniciaba y tenía que partir a horario para su estudio.¡Manu!… ¡Manu!… -desde muy lejos, entre sueños, le llegaba esa voz a sus oídos… apenas audible-.¡Manu!… ¡Manu!… -se reiteraba esta vez mucho más clara-.Aquella voz femenina invadía la paz de sus sentidos.Entre el sopor y la confusión, no podía comprender lo que ocurría.¡No!… ¡Nada de esto era cierto!… ¡Ella estaba muerta!… ¡El se había encargado que lo estuviera! Había dejado en su cuerpo profundas heridas con una hoja de acero, despertando borbotones de roja sangre, ante sus ávidos ojos en los que solo había locura extrema.¡No!… Esa imagen era una mentira. Sus ojos, esos ojos profundos y oscuros que siempre lo desnudaron, y en los que jamás pudo mirarse… Aquellos de mirar intenso que lo confundían e inhibían y por lo que lo abrasaba un odio incontrolable y que jamás le pudo encontrar una explicación coherente… Y ya no le interesaba saberlo. Los odiaba. ¡Si!... Y ya estaban cerrados y enterrados en el patio trasero con un cuerpo, cuyo rostro mostraba solo huecos en lugar de un par de ojos.¡Ella estaba muerta…! Y con ella, su alma habría desaparecido. ¡No!… No podía ser de ella esa voz. Su subconsciente le estaba jugando una mala pasada… Pero la voz se hacía cada vez más clara y audible… Tan dulce y colmada de amor como cuando estaba en su vientre y lo acariciaba, arrullándolo en canciones de esperanzas… Esperanzas forjadas en las mentes de las madres, en las que se comprometen a evitar que a sus hijos los invadan las cosas feas, al proyectar un mundo diferente para ellos, producto de inocentes sueños, sin tener en cuenta que el mismo mundo está formado por miles de millones de conceptos diferentes entre sí.Sintió una cálida y suave mano en caricia sobre su rostro que conmovió todo su ser acelerando el ritmo de los latidos… Y cuando abrió los ojos, regresando de aquel macabro sueño, la sangre se congeló en sus arterias, sus músculos se contrajeron, la piel se puso tensa, mientras el corazón sin aviso previo, estalló… Ya no había vida.En su rostro quedó reflejada la tremenda impresión recibida. Sus ojos grandes, desorbitados, mirando la nada… O tal vez, quién sabe, un todo.Su madre solícita y sin darse cuenta de la situación, dejó la bandeja sobre un banquito próximo, inclinándose para darle un beso en la frente. Fue entonces que tomó conciencia de su quietud y rigidez. Alarmada comenzó a sacudir el cuerpo de su hijo. Un sudor frío inició su descenso mojando su viejo vestido, y anunciaba la entrada triunfal de la gélida muerte en esa casona. Al intentar apoyarse en la mesa de noche para sostener su tambaleante figura, cayeron al piso en un frasco, restos de la debilidad humana, autora del alejamiento definitivo de su hijo.Al inclinarse nuevamente sobre el cuerpo quieto, apoyó su cabeza en aquel pecho desnudo, con mucho dolor y resignación, y lloró sus lágrimas de rojo sangre de huecos ojos, sin ojos, mostrando su espalda con heridas abiertas por cien certeras puñaladas que el desposeído asestara durante la noche negra.Manu había partido y con él los proyectos, los sueños y las esperanzas de una madre ilusionada.El llanto y lamento brutal en grito desgarrante que arrancara con dolor de su pecho, se dispersó callado, por los silenciosos confines del viejo barrio.Esa mañana se mostraba en plenitud. El verano estaba en su apogeo. Desde temprano, la temperatura amenazaba con ascender sin contemplación. Los vecinos iniciaron sus diarias salidas o entradas y cada uno de ellos, embebidos en sus propias quimeras, ignoraban gran parte del mundo que los rodea. Jamás oído alguno escuchó el angustioso grito póstumo, que quedó prendido en los rincones oscuros de los suburbios.Eran las 11:00 de la mañana, cuando la puerta cancel se abrió y dio paso por el antiguo zaguán de baldosas cubiertas de fino polvo, a la figura de una mujer enfundada en clásico y elegante traje de corte sastre, medias color humo transparente y calzado de tacos altos. Sus pisadas eran firmes y su taconear lo confirmaba. Tras ella, 5 muchachos sonrientes y ansiosos la seguían. los ojos sediciosos, contemplaban con ansias su generoso cuerpo.- Son 7 habitaciones, un comedor muy grande, 3 baños completos, un patio delantero, otro trasero con un gran naranjo rodeado de margaritas y malvones, una cocina grande y antecocina.- Un poco de higiene y la pueden habitar… – concluyó la hermosa señora, con sonrisa enigmática, dando los costos y formas- El contrato se firmó en el mismo lugar y la casona se habitó en el acto.Cuentan algunos vecinos de ese entonces, que aquellos muchachos estudiantes, hoy ancianos, jamás se casaron… Y jamás abandonaron aquella casona, solo para sus estudios y necesidades primarias. Lo que desconocían, eran las causas que habían motivado tal decisión en los 5 muchachos. Desde el primer día se mostraron complacidos por la calidez de ciertas caricias que recibían al acostarse y antes de penetrar en sus sueños, mientras una suave y tierna voz de anciana les susurraba en sus oídos: - … Manu… Manu… Que tengas buenos sueños, hijo… Para un dulce despertar.

jueves, 24 de julio de 2008

IMPREVISIBLE

IMPREVISIBLE

(Cuento fantástico)


Todo el pueblo corrió espantado. Algunos, los miedosos escapaban tan solo con lo puesto, los prácticos con algo de temor que los apuraba un poco, se hicieron un tiempito y cargaron con lo que pudieron en los vehículos que poseían. Todos corrían atestando las vías de escape de aquella pequeña ciudad de campo rodeada de estancias. Hacia donde iban, no lo sabían… Sólo iban. Escapaban… Y otros, los que quedaban, los valientes o inconscientes y curiosos, esos que no tienen el más claro sentido de lo que significa el término peligro, se lanzaron hacia el lugar del desastre.El estruendo fue infernal y se escuchó en varios kilómetros a la redonda, acompañado de un fuerte temblor que hizo tambalear los altos edificios de los sectores más poblados, cubriendo el aire con polvo de tierra, denso, casi irrespirable. La iglesia hizo repicar, sin voluntad propia, todo el juego de bronce en el campanario, durante un instante.Una gran púa de acero se hallaba incrustada a lo largo y ancho de un cuarto de manzana de sembradío de girasol y, sostenida por ese eje plateado, una sólida masa de color verde brillante, semejante a un gran sombrero de galera que cubría la circunferencia de un diámetro de casi 100 m. y de proporciones idénticas a una enorme torre de 500 metros de altura.Toda la pieza de acero se había hundido en la tierra y el inmenso sombrero oscurecía con su sombra una gran parte de la zona rural.Sorprendidos, los lugareños rodeaban con miles de interrogantes al misterioso elemento proveniente del espacio. Había llegado en total silencio. Ningún sonido al aproximarse, sólo el estrépito cuando penetró la tierra con ese gran volumen de acero en forma de púa. A las autoridades y personal especializado, les extrañaba que el objeto no emanara calor alguno debido a la fricción con la atmósfera en su caída. Es más, algunos atrevidos y osados aprovechando el descuido de los guardianes dispersos en el lugar, tocaron el acero y comprobaron su temperatura de metal frío. Otros curiosos, presa de la ansiedad, esperaban que se mostrara alguna abertura secreta y dejara ver los rasgos de seres extraterrestres. Había quienes creían ver en alguna parte del gran sombrero, un brillo o reflejo de luz como si por intermedio de ello se emitiera una señal o forma con la que los supuestos visitantes deseaban comunicarse antes de descender. Pero a decir verdad, nada provenía de aquel inverosímil y gigantesco artefacto. Todo se mantuvo quieto. El único movimiento estaba a su alrededor.Víctima de semejante desastre, el dueño de la estancia lloraba su desgracia a las autoridades presentes, invocando la posibilidad de una rápida solución acompañada de una no menos rápida ayuda económica.Los expertos, ya bien distribuidos, tomaron las pruebas que creyeron necesarias y analizaron tantas cosas extrañas como encontraron. Todo debía pasar por sus manos y asentarse en libros con el cuidado correspondiente. Las órdenes provenían desde las altas esferas castrenses. Después de las urgentes comunicaciones que se cruzaron, recibieron los primeros informes a nivel nacional. Por ellos, se enteraron que habían caído cientos de extrañas naves en diferentes puntos del país… Y aún seguían cayendo.Unas con la misma suerte que ésta, otras con la desgracia de arrasar con muchas vidas. Ciudades casi enteras que sufrían la pérdida de seres humanos, sumando el desastre edilicio y la suspensión de todos los servicios de primera necesidad. La gran púa hacía estragos en donde caía. Su silencioso y abrupto descenso no daba tiempo a alertar a las poblaciones atacadas.El informe decía de naves con tamaños similares pero distintos colores. Verde, azul, blanca, negra, amarilla, roja, gris, rosa… Y en ninguno se daba señal de Vida de especie alguna.Las reuniones llevadas a cabo en los lugares de los hechos, vaticinaban una preinvasión de extraterrestres con infinidad de suposiciones. Algunos sugerían aparatos diseñados especialmente para emitir datos a la nave madre con la idea de proyectar el ataque sin errores. Otros, siendo conocedores que el ataque se había producido sólo en su país, creían ser poseedores riquezas especiales o ser una ubicación ideal para apoderarse posteriormente del resto de la tierra.Las asambleas se llevaron en primeras instancias en los lugares de los hechos… Más tarde se trasladaron con todas las in-quietudes, a las cabeceras de los partidos departamentales, para después caer en la capital de cada provincia y llegar definitivamente al distrito federal… ¡Al fin la casa de gobierno!Ya se había emitido un alerta general y las FF. AA. volaban el espacio, recorrían caminos, vigilantes… Mientras la cibernética, en manos de eminentes profesionales y hacía lo suyo.Reinaba una gran confusión. La locura continuaba haciendo estragos y ya eran todos contra todos. El caos se hacía presente. No había explicación para calmar el terror que dominaba a los gente mientras las púas se sucedían ahora, mas espaciadas, según los informes que llegaban de diferentes sectores.Las fuerzas del orden no eran suficientes y pedían apoyo a los civiles. Muchos aprovechaban las identificaciones otorgadas por las autoridades para robar, violar y depredar… El vandalismo se había alojado nuevamente en el hombre. Ya no importaban los niños, ni las mujeres, ni los hombres y mucho menos los ancianos. Los cuerpos se encontraban esparcidos por todas partes, por al efecto devastador de los artefactos extraños y del salvajismo que demostraba parte de los humanos en situaciones límites. La comisión elegida en una asamblea general entre todas las provincias, con uno o más representantes de cada una de ellas según la densidad habitacional, extensión, poder industrial, desarrollo agropecuario y otros valores que los representantes elegidos evaluaron importantes, llegó en definitiva a la Casa de Gobierno para participar en una reunión otorgada por el Presidente de la Nación, después de observar su agenda de audiencias. Al menos así lo exigía la urgencia del caso.Llevaban siete días de reunión en el gran salón de conferencias y aún no habían encontrado una explicación y mucho menos una solución, aunque más no sea, precaria.Los inconvenientes seguían sucediéndose. Las púas continuaban cayendo y los pocos habitantes decentes que quedaban, aumentaban su indignación por la ausencia de soluciones.Algunos gritaron: - ¡Golpe de estado!… Si éstos son inútiles y no saben dar soluciones, declarémoslos ineptos.El resto desatendió la propuesta por considerarla impropia de una Nación ordenada. Cada uno en lo suyo. El que rapiñaba continuó haciéndolo. El que cooperaba continuó con su tarea. Y así cada uno, inclusos los descontrolados por la desesperación…Comenzaban las hambrunas, las enfermedades y la carencia de profilaxis. Los aportes no eran suficientes. Países extranjeros que se plegaban aportaban alimentos, medicamentos y otros elementos esenciales para paliar la situación en zonas de desastres.Y fue así que casi al finalizar aquel séptimo día, un hombrecito menudo, de hombros caídos, casi calvo, con ojos grandes y de andar tranquilo, pidió humildemente ser atendido por el presidente. Poseía cierta información que podría ser útil para dirimir aquel delicado entuerto nacional.Accedieron a su presencia. Y este hombrecito, vestido con ropa de oficina, en mangas de camisa, de grandes y redondos ojos y un par de anteojos sostenido por el final de su larga nariz que terminaba en una pelotita sonrosada, prototipo de la mejor caricatura contemporánea, avanzó lentamente, arrastrando sus pies hasta el lugar; como si el tiempo para él no existiese y mucho menos la premura de la situación que envolvía a la Nación. Efecto de toda una vida sin ambiciones, mostraba la calma de los que no iban más allá de estar atrás de un escritorio, amparado por un sueldo que sustentaba las necesidades básicas de un vivir más que mediocre. Lo escoltaron hasta el Gran Salón de Conferencias en el que se encontraba el presidente con una imagen desprovista de todo protocolo. Los días aciagos con sus preocupantes interrogantes, estaban haciendo estragos entre los presentes. Desaliño personal, ojerizas y hasta uno que otro desmayo que era atendido con premura y celosos cuidados. La desprolijidad sobre la gran mesa era un torbellino de tazas y pocillos volcados sobre sus platos, rebasados de colillas de cigarrillos, cenizas y cajetillas vacías y ceniceros que desaparecían bajo una gran parva de envoltorios de golosinas… Y hasta en los rincones, restos de comida rápida sobre bandejas abandonadas. El ambiente era irrespirable. Una espesa humareda se cernía sobre la cabeza de los delegados a pesar del gran cartel que exigía preservar la salud invitando a no ejercer el vicio de fumar que sería apoyado por una ley a punto de ser emitida desde el Congreso.El diminuto hombre arrimó su boca al oído del mandatario, el que a medida que recibía la información, iba pintando en sus ojos y su boca, gestos de sorpresa hasta emitir al final un gemido de asombro por el que los custodios se abalanzaron sobre el enjuto hombrecito aplastándolo contra el piso. El presidente se puso de pie, detuvo el ataque desmesurado de aquellos hombres y pidió a todos que sigan al informante después de haberle ayudado a recuperarse del mal momento. Con cierta inquietud y curiosidad todos los presentes se pusieron de pie e iniciaron la marcha rumbo a la salida de la Casa de Gobierno, mientras el presidente ordenaba que adelantaran por teléfono su llegada en comitiva a la dirección que diera el pequeño personaje.La comitiva, con trancos largos y firmes, estaba encabezada por aquel oficinista de grandes y redondos ojos tristes del brazo del presidente y más atrás, el resto de las autoridades y delegados.Detuvieron sus pasos frente a las puertas de un gran edificio que ocupaba toda una manzana, propiedad de una empresa extranjera recién instalada en el país para distribuir en él productos provenientes del exterior. Aportaba a la vez, capitales frescos y otorgaba un buen número de mano de obra, pero llevándose las riquezas hacia el Norte en donde se amasa el paquete del poder económico mundial.El presidente le pidió a su edecán que anunciara su presencia. El empresario sorprendido, pero a la vez orgulloso, inmediatamente accedió por sí mismo a la recepción de aquella comitiva y así se lo hizo saber a su personal de vigilancia.Fueron conducidos por una ancha escalera con escalones de mármol hasta el piso de la dirección general. Las hojas de la puerta se abrieron hacia a la entrada de un gran salón, de casi una media manzana, rodeado de lujosa decoración en su mayoría con los colores representativos de la bandera de su país con estrellitas y otras historias ocultas. Como demarcando el núcleo de aquel gran ambiente, una fuente con la imagen aterradora y profética de los jinetes del Apocalipsis avanzando imaginariamente sobre un gran mapa de la República. Un señor opulento por donde se le mirase, los atendió solícito y complacido de pie frente a su inmenso escritorio. Una gruesa cadena de oro y platino recorría de un bolsillo al otro del chaleco, su prominente abdomen. Su mano derecha se extendió hacía el presidente, mostrando en uno de sus robustos dedos, un ancho anillo en donde descansaba una fulgurante piedra preciosa. Después de las presentaciones, el presidente de la Nación hizo un recorrido visual por el salón. A instancias de un tirón que le hiciera disimuladamente el hombrecito en la parte baja del saco, observó detenidamente una de las paredes en la que se encontraba el gran mapa de la República que contenía cientos de pequeños pinches de diversos colores semejantes a diminutos sombreros de copa, indicando los diferentes sectores en los que la empresa proyectaba efectuar las adquisiciones de materias primas y distribuir los productos que importaran. Aquellos diminutos pinches-púas, coincidían en forma, color y espacio, con los que habían causado el gran desastre en el país.Alarmado por la noticia y el pedido oficial que le hiciera el mandatario de retirarlos inmediatamente, el opulento empresario llamó inmediatamente al país del Norte, donde residía la central.La solicitud fue aceptada a cambio de otro tipo de marcación sin hacerse responsables de los daños ocasionados. Uno a uno fueron extraídos los pinches del gran mapa.Para el país todo quedaba aclarado. A pesar de la indignación que produjo la noticia, se entendieron entonces las raras características de una supuesta invasión extraterrestre provistas de extrañas e incandescentes naves. En el interior del país, lentamente los ritmos fueron adquiriendo normalidad, pero en donde habían caído aquellas enormes púas, quedaron inmensos agujeros profundos, originando nuevas incógnitas y peligros. Inconvenientes difíciles de solucionar en corto tiempo y sin la subvención natural proveniente del Gobierno. Éste se mostraba indefenso para elevar denuncias a nivel Internacional porque sería sancionado –bien suponía-, con trabas comerciales, corriendo riesgo de congelamiento en los capitales propios ubicados en el extranjero.Aquello que caía en los grandes hoyos, nunca se recuperaba. Eran enormes fauces dispersas en todo el territorio que devoraban lo que estuviese a su alcance. Y se sumaban más pérdidas a las ya expuestas.Ante tan delicada situación, la comisión que se había disuelto, fue requerida para un nuevo estudio del problema.Con el Presidente a la cabeza y el hombrecito de grandes y redondos ojos tristes, la comitiva se encaminó hacia el edificio de la Gran Empresa, en donde después de explicarle que el drama nacional continuaba, le exigieron al profuso empresario, una solución urgente. Éste debería hacer algo con los orificios que habían quedado al descubierto sobre el gran mapa y que afectaban al suelo nacional. Fue entonces que realizó una nueva llamada al país del Norte en cuya conferencia telefónica, puso al tanto de los acontecimientos que se habían desarrollado en los últimos días en el país del Sur. Fue así, aunque con muestras de ciertas molestias por parte de aquellos, que recibió autorización para que estudie un sistema que brinde solución al problema.Después de varias consultas con sus subordinados, encontraron lo que creyeron lo más aceptable y expeditivo. Una cuadrilla de empleados, subidos sobre un improvisado andamio frente al gran mapa, inició la colocación de minúsculos círculos de papel adhesivo y de diferentes colores como lo fueron los pinches, sobre cada orificio, a fin de reconocer las zonas según necesidades y proyectos.Cuando hubo llegado la normalidad al país, surgía un nuevo problema derivado del anterior. En las zonas rurales, la tierra blanca no existe y si así fuese, no sería para nada productiva, salvo que fuera nieve o salinas… Y aun siendo de los tonos compatibles, no lo era la superficie. Del papel nada crece, salvo hongos en ciertos casos. En algunas ciudades los problemas no eran menores. La reconstrucción sobre plataformas endebles, donde los cimientos desaparecían con los equipos utilizados, hacía vanos todos los intentos y una base negra o cualquier tono oscuro, hacía más oscura y lúgubre a la ciudad. En otras, donde se repetía el problema pero se diferenciaban los colores y las temperaturas eran elevadas, las calles blancas enceguecían a sus pobladores de día y por las noches impedían el descanso por la fosforescencia que despedían.La nieve roja, naranja, rosa, amarilla, azul, negra, gris, no existe… Es blanca. Los ríos contienen agua y no un gran camalote de papel que se rompe y deja caer su caudal en el hoyo profundo imposible de llenar, ocasionando perturbaciones en las zonas que dejan de recibir los riegos, sin mencionar los trastornos que ocasionan en aquellos que son utilizados por la navegación. Se altera la naturaleza y el desastre ecológico se vaticina cuantioso e irrecuperable. Toda la fauna está confundida en su propio medio alterado.Se hizo inevitable y con suma urgencia, otra reunión cumbre.Nuevamente los delegados de cada provincia enfilaron hacia la capital del país.Nuevamente la comitiva encabezada por el presidente y el hombrecito de grandes y redondos ojos tristes, establecido como el brazo derecho del primer mandatario, se dirigía resuelta hacia el edificio de aquella empresa extranjera.Una nueva exigencia después de explicar las causas que la motivaba, hizo que el opulento empresario del que ya se había borrado la sonrisa de complacencia, realizara un nuevo llamado al país del Norte de donde llegó una repetida autorización un tanto rodeada de fastidio por los problemas que estaba ocasionando el gobierno. Una nueva solución provisoria surgía, pero como todo lo provisorio siempre es precario, la comisión regresó una y otra vez en busca de soluciones definitivas en reclamo a un problema que había ocasionado grandes pérdidas de vidas humanas, económicas y ecológicas, perjudicando notoriamente el ritmo de vida de la Nación en forma totalmente gratuita y sin consentimiento.Fue así que entre reclamo y reclamo, todo fue tomado por el opulento empresario y los del Norte, como una intolerable falta de respeto por las exigencias a las que se veían expuestos.Los del país del Norte dieron la orden categórica para llegar a un término absoluto y definitivo del problema.Después de cancelar la conferencia telefónica, el empresario reunió en un apartado a sus empleados y les impartió las órdenes que deberían llevar a cabo.Como si formaran parte de un ejército alienado y enajenado, subieron todos en perfecta sincronización al improvisado andamio, frente al gran mapa del país y ante los asombrados ojos del presidente, ministros, secretarios, el hombrecito de grandes y redondos ojos tristes y el resto del séquito, aquéllos, ayudados por el opulento empresario, comenzaron a rasgar con furia la carta geográfica en la que figuraba una nación próspera. La convirtieron en miles de pedacitos en los que ya no se reconocían provincias, límites, ni posiciones estratégicas y los fueron introduciendo por esos minúsculos agujeritos dejados por los pinches, hasta desaparecer totalmente. Cuenta la historia de la humanidad, que en el 2050, aquel país que tanto costó levantar y mantener, culminó desvastado por la intolerancia, la indiferencia, el abuso, la ambición y el atropello, producto de las acciones de intrusos habilitados y de las debilidades de los gobernantes nativos, precipitándose reducida en pequeñas parcelas en los enormes agujeros que dejaran aquellas grandes púas, que fueron tragando lentamente cada tramo de tierra hasta desaparecer en un profundo vacío con reminiscencias de territorio.

Tonycarso