miércoles, 29 de septiembre de 2010
Más tenemos, más queremos...
Video clip "Más tenemos, más queremos", mi cooparticipación como el "Viejo del acordeón", con Emanero "El rapero"
miércoles, 28 de abril de 2010
sábado, 20 de junio de 2009
lunes, 13 de octubre de 2008
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Hagamos la guerra... Total...
Hagamos la guerra... Total...
‘A mi hija Laurita, como guía en La Vida, que la ayude a discernir entre la Estupidez y el Sentido Común’
(En virtud de la invasión a Irak de la mano de EEUU)
¡Está jodida la cosa!
Los ‘cuerdos’, desatan la guerra.
Los ‘locos’ nos abstenemos.
“¡Que importa en la humanidad, tu parte,
si lo que quiero es ayudar la mía!”
… Y tal mensaje nos mina.
… Algo así como:
“Vale más esto mío, que aquello que es lo tuyo.
Es más, aquello tuyo, también es mío,
por lo tanto te conmino que te vayas,
que abandones estas tierras
y me dejes aquí el mando.
Me lo des sin consecuencias… O arrepentimientos.”
“¿Usurpación?… Y… ¡Sí!
… ¡O te vas, o te cago a patadas!
Sin importarme, cuantos de los tuyos
y de los míos, caigan”
“Todo esto, en aras de apaciguar presiones
de grandes capitales y ambiciones,
y algunas cosas mías que cargo a mi espalda.”
“¿Los saldos?…
¡Ah!… Los saldos…
Y… ¡Bueh!… Después lo vemos.
Ahora, iniciemos la guerra.
Eso sí, no te rindas.
Si no te has ido
no sirve de nada.
Matemos un poco de humanos
y que éstos queden bien muertos.
Desparramemos más químicos.
Que queden los campos yermos.
Que no se pueda acariciar tan siquiera
las cuerdas de una guitarra.
Que ni vuelen los pájaros…
Sólo misiles y balas.
Que lloren los niños.
Ellos no comprenden. No saben nada.”
“No importan las formas
en que los cuerpos queden.
Mirando hacia el Este o hacia arriba.
Masticando la arena
o besando la tierra.
Torcidos, derechos, sentados
o despedazados.
Pero eso sí
que haya heridos y muertos.
“¡Qué importan posturas!
Lo que sí importa, es ganar la guerra
a costa de sangre y vida de otros.
No la nuestra… ¡Total!
La historia, según el que escriba
lavará cerebros”… -El agresor proclamaba-
… Y por más que grites,
la diplomacia vendrá
en un caño de acero
que pondrán en tu cara.
Y… “¡Que hagas silencio!” -Dirán-
Porque eres nada.
… Y mucho menos
cuando volar intentas
por tus propios medios.
Entre ideologías, religiones,
costumbres obligadas
y pasiones egoístas, descontroladas,
la tierra se hunde, se despedaza.
… Y el hombre no sabe,
o sabe, y prefiere ignorarlo;
en esta tierra, no es el que manda.
Está la Vida, que lleva las riendas
y él, complemento minúsculo
que nada comprende,
en su universo está solo de paso
y lo que la historia escriba
lo leerán sucesores de aquellos muertos.
Y tal vez, con un poco de suerte
¡Ni ellos!… porque,
en una de ésas,
en La Tierra quede nada.
Sólo la Vida en un rincón escondida.
Dispuesta y con ganas
a reiniciarse pronta,
pero sin el desliz,
sin aquél descuido.
Y en su nuevo intento,
seguro,
no hará del hombre,
-Conejillo de India-
su triste ensayo.
‘A mi hija Laurita, como guía en La Vida, que la ayude a discernir entre la Estupidez y el Sentido Común’
(En virtud de la invasión a Irak de la mano de EEUU)
¡Está jodida la cosa!
Los ‘cuerdos’, desatan la guerra.
Los ‘locos’ nos abstenemos.
“¡Que importa en la humanidad, tu parte,
si lo que quiero es ayudar la mía!”
… Y tal mensaje nos mina.
… Algo así como:
“Vale más esto mío, que aquello que es lo tuyo.
Es más, aquello tuyo, también es mío,
por lo tanto te conmino que te vayas,
que abandones estas tierras
y me dejes aquí el mando.
Me lo des sin consecuencias… O arrepentimientos.”
“¿Usurpación?… Y… ¡Sí!
… ¡O te vas, o te cago a patadas!
Sin importarme, cuantos de los tuyos
y de los míos, caigan”
“Todo esto, en aras de apaciguar presiones
de grandes capitales y ambiciones,
y algunas cosas mías que cargo a mi espalda.”
“¿Los saldos?…
¡Ah!… Los saldos…
Y… ¡Bueh!… Después lo vemos.
Ahora, iniciemos la guerra.
Eso sí, no te rindas.
Si no te has ido
no sirve de nada.
Matemos un poco de humanos
y que éstos queden bien muertos.
Desparramemos más químicos.
Que queden los campos yermos.
Que no se pueda acariciar tan siquiera
las cuerdas de una guitarra.
Que ni vuelen los pájaros…
Sólo misiles y balas.
Que lloren los niños.
Ellos no comprenden. No saben nada.”
“No importan las formas
en que los cuerpos queden.
Mirando hacia el Este o hacia arriba.
Masticando la arena
o besando la tierra.
Torcidos, derechos, sentados
o despedazados.
Pero eso sí
que haya heridos y muertos.
“¡Qué importan posturas!
Lo que sí importa, es ganar la guerra
a costa de sangre y vida de otros.
No la nuestra… ¡Total!
La historia, según el que escriba
lavará cerebros”… -El agresor proclamaba-
… Y por más que grites,
la diplomacia vendrá
en un caño de acero
que pondrán en tu cara.
Y… “¡Que hagas silencio!” -Dirán-
Porque eres nada.
… Y mucho menos
cuando volar intentas
por tus propios medios.
Entre ideologías, religiones,
costumbres obligadas
y pasiones egoístas, descontroladas,
la tierra se hunde, se despedaza.
… Y el hombre no sabe,
o sabe, y prefiere ignorarlo;
en esta tierra, no es el que manda.
Está la Vida, que lleva las riendas
y él, complemento minúsculo
que nada comprende,
en su universo está solo de paso
y lo que la historia escriba
lo leerán sucesores de aquellos muertos.
Y tal vez, con un poco de suerte
¡Ni ellos!… porque,
en una de ésas,
en La Tierra quede nada.
Sólo la Vida en un rincón escondida.
Dispuesta y con ganas
a reiniciarse pronta,
pero sin el desliz,
sin aquél descuido.
Y en su nuevo intento,
seguro,
no hará del hombre,
-Conejillo de India-
su triste ensayo.
Tonycarso
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Literatura: poesía - Autor: Tonycarso
miércoles, 10 de septiembre de 2008
De todos los dineros, el dinero.
De todos los dineros, el dinero.
Avanzaba con la pelota pegada al pie. Nadie como él para desequilibrar con su endemoniada gambeta y llevar de la mano a su equipo al triunfo.
Contra ellos debíamos jugar. Dábamos por descontada la derrota. Ya que no teníamos ni tan siquiera para empezar.
Entre las profundas carencias técnicas, los vapores nocturnos del alcohol y los tabacos aspirados, dábamos muestra de un estado físico deplorable. No obstante, temores y vaticinios aparte, estábamos obligados a clasificar. Teníamos necesidad de los premios en efectivo que se sumaban según los partidos ganados y para lograr el primer paso deberíamos triunfar con una diferencia de dos goles.
Todos éramos sabedores del destino de aquel dinero. Arturo esperaba inconsciente, en una sala de terapia bajo una carpa de oxígeno la llegada de esos billetes de los que desconocía su existencia, su forma y su intención; así como la humedad de transpiración que sus amigos y compañeros dejábamos sobre el césped para conseguirlo, ante la irresponsabilidad de lo hecho la noche anterior.
Las tribunas gritaban su apego al equipo de Fabián. Todo estaba a su favor. Todo en nuestra contra.
Esperé hasta último momento. Y a punto de entrar al campo de juego, tomé la posta y encaré a los muchachos impulsado por la cinta de color que confirmaba mi titularidad como capitán del equipo. De pie, enfrentándonos en una rueda, nuestras cabezas unidas en el centro mientras las miradas se comían el césped y los brazos se entrelazaban en un patético símbolo de unión sobre las espaldas, mi voz sonó clara y precisa. Con el mensaje y las palabras justas.
- Sé que soy lento en las marcas, pero de Fabián me encargo yo. Confíen en mí. Y… ¡A ganar!
El que debía confiar en que lo planeado diera resultado positivo, era yo. Conocía el lado oscuro de aquel muchacho y debía aprovecharlo. Era mi única carta fuerte y tenía que usarla con contundencia.
La pelota se puso en movimiento y las piernas empezaron sus discontinuas danzas para apoderarse de ella, mientras orgullosa se entretenía siempre entre las del más hábil.
Desde el inicio, el juego se centró en nuestro campo. No llegábamos a hacer otra cosa, más que defendernos. Hasta que anunciado por los pelotazos se vino abajo la defensa y el primer gol llegó con fanfarrias… Y con él, comenzó a marchitarse nuestra esperanza.
Ya en el segundo tiempo y por la gracia bendita de nuestro espíritu, sólo perdíamos por 1 a 0. Y fue ahí cuando pude apretar más la marca de Fabián. En uno de los tantos encontronazos, pude cometerle el esperado foul dejándolo tendido en el pasto, a costa de la amonestación que me sacaba del medio en el próximo partido.
Mientras lo ayudaba a ponerse de pie y callando su protesta, lo congelé con mí mirada mientras le decía mansamente:
- Sé quien se llevó el dinero que faltó en la urna de la colecta… Y sé también dónde fue escondido.
Mis palabras taladraron su cerebro y la palidez aumentó imprevistamente en su rostro. Una suerte de temblor se apoderó de su cuerpo y por un instante imaginé que saldría corriendo de la cancha.
Intentó balbucear algo, pero los sonidos no conformaron palabras con sentido claro. Sus ojos quedaron desmesuradamente abiertos y aproveché para insertar los míos en ellos cargados de intención.
- Si perdemos, la vida de Arturo peligra…- Le dejé flotando en sus oídos y me alejé-
La derrota de su equipo no alteraba su posición. Ellos ya estaban clasificados.
Y aquel grupo débil, que jamás llegó a enterarse cómo neutralicé cada jugada que Fabián generara, se retiró triunfante y proyectado hacia la meta fijada.
Por la noche, todos estábamos en el sanatorio alentando en deseos el aguante de Arturo y esperando al director del instituto, para poner en sus manos el comprobante que certificaba el monto de dinero requerido, que le entregaríamos al día siguiente.
En una imprevista aparición y con una amplia sonrisa de satisfacción en su rostro, nos informó que la operación había finalizado con éxito.
El asombro nos envolvió a todos.
- ¿Cómo es que lo operaron si no había dinero?- increpé al cirujano…- Es más, lo habían especificado claramente: ¡Carecían de medios económicos para abastecerse de la complicada tecnología!
Inmediatamente, el mismo Director se encargaba de disipar nuestra confusión. Manos anónimas habían hecho efectivo horas antes, los costos de internación y cirugía de Arturo.
En la algarabía, mezclando abrazos con lágrimas, nos preguntábamos por aquel milagro.
Desde un rincón próximo a la salida, Fabián clavó su mirada en mis ojos y asentí con un imperceptible movimiento de cabeza. Sonrió satisfecho y desapareció por la puerta principal, perdiéndose en aquella noche de milagros, equilibrios y secretos inconfesos.
Avanzaba con la pelota pegada al pie. Nadie como él para desequilibrar con su endemoniada gambeta y llevar de la mano a su equipo al triunfo.
Contra ellos debíamos jugar. Dábamos por descontada la derrota. Ya que no teníamos ni tan siquiera para empezar.
Entre las profundas carencias técnicas, los vapores nocturnos del alcohol y los tabacos aspirados, dábamos muestra de un estado físico deplorable. No obstante, temores y vaticinios aparte, estábamos obligados a clasificar. Teníamos necesidad de los premios en efectivo que se sumaban según los partidos ganados y para lograr el primer paso deberíamos triunfar con una diferencia de dos goles.
Todos éramos sabedores del destino de aquel dinero. Arturo esperaba inconsciente, en una sala de terapia bajo una carpa de oxígeno la llegada de esos billetes de los que desconocía su existencia, su forma y su intención; así como la humedad de transpiración que sus amigos y compañeros dejábamos sobre el césped para conseguirlo, ante la irresponsabilidad de lo hecho la noche anterior.
Las tribunas gritaban su apego al equipo de Fabián. Todo estaba a su favor. Todo en nuestra contra.
Esperé hasta último momento. Y a punto de entrar al campo de juego, tomé la posta y encaré a los muchachos impulsado por la cinta de color que confirmaba mi titularidad como capitán del equipo. De pie, enfrentándonos en una rueda, nuestras cabezas unidas en el centro mientras las miradas se comían el césped y los brazos se entrelazaban en un patético símbolo de unión sobre las espaldas, mi voz sonó clara y precisa. Con el mensaje y las palabras justas.
- Sé que soy lento en las marcas, pero de Fabián me encargo yo. Confíen en mí. Y… ¡A ganar!
El que debía confiar en que lo planeado diera resultado positivo, era yo. Conocía el lado oscuro de aquel muchacho y debía aprovecharlo. Era mi única carta fuerte y tenía que usarla con contundencia.
La pelota se puso en movimiento y las piernas empezaron sus discontinuas danzas para apoderarse de ella, mientras orgullosa se entretenía siempre entre las del más hábil.
Desde el inicio, el juego se centró en nuestro campo. No llegábamos a hacer otra cosa, más que defendernos. Hasta que anunciado por los pelotazos se vino abajo la defensa y el primer gol llegó con fanfarrias… Y con él, comenzó a marchitarse nuestra esperanza.
Ya en el segundo tiempo y por la gracia bendita de nuestro espíritu, sólo perdíamos por 1 a 0. Y fue ahí cuando pude apretar más la marca de Fabián. En uno de los tantos encontronazos, pude cometerle el esperado foul dejándolo tendido en el pasto, a costa de la amonestación que me sacaba del medio en el próximo partido.
Mientras lo ayudaba a ponerse de pie y callando su protesta, lo congelé con mí mirada mientras le decía mansamente:
- Sé quien se llevó el dinero que faltó en la urna de la colecta… Y sé también dónde fue escondido.
Mis palabras taladraron su cerebro y la palidez aumentó imprevistamente en su rostro. Una suerte de temblor se apoderó de su cuerpo y por un instante imaginé que saldría corriendo de la cancha.
Intentó balbucear algo, pero los sonidos no conformaron palabras con sentido claro. Sus ojos quedaron desmesuradamente abiertos y aproveché para insertar los míos en ellos cargados de intención.
- Si perdemos, la vida de Arturo peligra…- Le dejé flotando en sus oídos y me alejé-
La derrota de su equipo no alteraba su posición. Ellos ya estaban clasificados.
Y aquel grupo débil, que jamás llegó a enterarse cómo neutralicé cada jugada que Fabián generara, se retiró triunfante y proyectado hacia la meta fijada.
Por la noche, todos estábamos en el sanatorio alentando en deseos el aguante de Arturo y esperando al director del instituto, para poner en sus manos el comprobante que certificaba el monto de dinero requerido, que le entregaríamos al día siguiente.
En una imprevista aparición y con una amplia sonrisa de satisfacción en su rostro, nos informó que la operación había finalizado con éxito.
El asombro nos envolvió a todos.
- ¿Cómo es que lo operaron si no había dinero?- increpé al cirujano…- Es más, lo habían especificado claramente: ¡Carecían de medios económicos para abastecerse de la complicada tecnología!
Inmediatamente, el mismo Director se encargaba de disipar nuestra confusión. Manos anónimas habían hecho efectivo horas antes, los costos de internación y cirugía de Arturo.
En la algarabía, mezclando abrazos con lágrimas, nos preguntábamos por aquel milagro.
Desde un rincón próximo a la salida, Fabián clavó su mirada en mis ojos y asentí con un imperceptible movimiento de cabeza. Sonrió satisfecho y desapareció por la puerta principal, perdiéndose en aquella noche de milagros, equilibrios y secretos inconfesos.
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literatura: cuento - Tonycarso
martes, 9 de septiembre de 2008
TRIQUIÑUELAS FANTÁSTICAS
TRIQUIÑUELAS FANTÁSTICAS
- ¡Buenas noches!… – Y nadie respondió –
El aula vacía… pero las voces llenaban el recinto.
Ahora Daniel leía la consigna desde su espacio acostumbrado, pegado casi a las ventanas.
Nada habitual se veía. Las paredes desnudas transpiraban sus fríos sin armarios ni afiches… Y yo seguro de un miércoles de cita con las letras; pero de sus portadores sólo ausencia.
Daniel silenció su lectura bajo la aprobación ritual de Eugenio, al tiempo que habilitaba a Susana para narrar ahora la suya. Fue entonces que tosí reiteradamente con el firme propósito de molestar, más todo seguía igual. Ellos estaban ahí… Yo también… Y los escuchaba al tiempo de sentirme ignorado.
Grande fue la sorpresa cuando escuché mi voz retumbar en la sala leyendo este relato.
¿Quién de los dos leía?... ¿Cuál era el que escuchaba y nada veía?... ¿Alma y cuerpo disociados?... ¿En qué momento y ante qué circunstancia se produjo el desenlace?
La confusión no dio tiempo a advertir que yo entraba en la sala…
- ¡Buenas Noches!… – Y nadie respondió –
El aula estaba vacía. La voz de Daniel proclamaba su texto y a su término Eugenio, nuestro profesor, daba lugar a Susana para el suyo. Más tarde, mi voz atronó en la sala desierta con este relato y un eco repitiendo cada palabra… ¿Mi cuerpo? ¿Mi alma? ¿Mí…? Y…
- ¡Buenas Noches!… – Nuevamente yo aparecía y el aula vacía –
- ¡Buenas noches!… – Y nadie respondió –
El aula vacía… pero las voces llenaban el recinto.
Ahora Daniel leía la consigna desde su espacio acostumbrado, pegado casi a las ventanas.
Nada habitual se veía. Las paredes desnudas transpiraban sus fríos sin armarios ni afiches… Y yo seguro de un miércoles de cita con las letras; pero de sus portadores sólo ausencia.
Daniel silenció su lectura bajo la aprobación ritual de Eugenio, al tiempo que habilitaba a Susana para narrar ahora la suya. Fue entonces que tosí reiteradamente con el firme propósito de molestar, más todo seguía igual. Ellos estaban ahí… Yo también… Y los escuchaba al tiempo de sentirme ignorado.
Grande fue la sorpresa cuando escuché mi voz retumbar en la sala leyendo este relato.
¿Quién de los dos leía?... ¿Cuál era el que escuchaba y nada veía?... ¿Alma y cuerpo disociados?... ¿En qué momento y ante qué circunstancia se produjo el desenlace?
La confusión no dio tiempo a advertir que yo entraba en la sala…
- ¡Buenas Noches!… – Y nadie respondió –
El aula estaba vacía. La voz de Daniel proclamaba su texto y a su término Eugenio, nuestro profesor, daba lugar a Susana para el suyo. Más tarde, mi voz atronó en la sala desierta con este relato y un eco repitiendo cada palabra… ¿Mi cuerpo? ¿Mi alma? ¿Mí…? Y…
- ¡Buenas Noches!… – Nuevamente yo aparecía y el aula vacía –
"… Las manos que hoy tengo han sabido de rezos..."
"… Las manos que hoy tengo
han sabido de rezos…"
De rodillas en lo que era polvo y en la que hoy humedece mi piel y mis huesos, con el rocío eterno de lágrimas que mojaran las manos que hoy tengo y han sabido de rezos, expongo mi rostro al Universo, gastado, surcado por el tiempo, e increpo a la Vida por el cansancio en las esperas de tantas respuestas mudas a mis pedidos… Y hundo la mirada desde mi alma sin rostro en la espesura de la nada, y tal vez de un todo, en busca de lo no recibido, de lo no concebido, de lo negado… Y grito en el silencio su nombre… Y no responde.
Como hombre que soy me envanezco, y la soberbia llena de ceguera mis ojos y mi conciencia, hasta el punto de no verla, hasta el punto de negarla…
Ella estaba ahí. Siempre estuvo. Y con un susurro acercó su suave voz a mi Alma:
- Tu error –me dijo-, has olvidado vivir. Toma el maletín que te diera en un inicio, mira en tu interior y encontrarás lo que siempre buscabas. Yo estoy en ti.
Y entonces reí… Y entonces lloré. Lo hice como aquel recién nacido, como aquel niño que fui.
han sabido de rezos…"
De rodillas en lo que era polvo y en la que hoy humedece mi piel y mis huesos, con el rocío eterno de lágrimas que mojaran las manos que hoy tengo y han sabido de rezos, expongo mi rostro al Universo, gastado, surcado por el tiempo, e increpo a la Vida por el cansancio en las esperas de tantas respuestas mudas a mis pedidos… Y hundo la mirada desde mi alma sin rostro en la espesura de la nada, y tal vez de un todo, en busca de lo no recibido, de lo no concebido, de lo negado… Y grito en el silencio su nombre… Y no responde.
Como hombre que soy me envanezco, y la soberbia llena de ceguera mis ojos y mi conciencia, hasta el punto de no verla, hasta el punto de negarla…
Ella estaba ahí. Siempre estuvo. Y con un susurro acercó su suave voz a mi Alma:
- Tu error –me dijo-, has olvidado vivir. Toma el maletín que te diera en un inicio, mira en tu interior y encontrarás lo que siempre buscabas. Yo estoy en ti.
Y entonces reí… Y entonces lloré. Lo hice como aquel recién nacido, como aquel niño que fui.
Mi Réquiem
Mi Réquiem
Si mi quietud dice de seriedad en mi rostro
no atormentes tu existencia
en tristes pensamientos.
Pon en mi boca un rictus de sonrisa
porque yo
– en la eternidad dentro de mí –
ya estaré sonriendo.
Si mi quietud dice de seriedad en mi rostro
no atormentes tu existencia
en tristes pensamientos.
Pon en mi boca un rictus de sonrisa
porque yo
– en la eternidad dentro de mí –
ya estaré sonriendo.
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Literatura: poesía - Autor: Tonycarso
martes, 12 de agosto de 2008
Los espejos de mi alma
Los espejos de mi alma
A Maca
Hoy voy a limpiar
los espejos de mi alma
hasta el más recóndito espacio
entre sus ángulos.
Intentaré borrar
las imágenes guardadas
esperando no sumirla
en el calvario.
Hoy, voy a acariciar
con sutil y suave paño
la superficie
de los espejos y sus entrañas.
Sacudiré a los vientos
los recuerdos…
Y en el intento…
Espero no quedarme sin el alma.
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Literatura: poesía - Autor: Tonycarso
CONCEPTOS…
CONCEPTOS…
Sepia es la leyenda. Es el pasado… Pero a decir verdad, sepia es todo lo que está ocurriendo.
El presente es una delgada capa imperceptible, es la línea ínfima divisoria; es algo tan efímero, que tal vez ni exista entre el ayer y el mañana.
¡Es tan veloz el presente!... Casi no se alcanza a percibir su paso. Es una ráfaga constante; aunque extienda la mano con intención de detener algo en ella, nada queda. Todo como viene pasa… De un lado lo sepia, del otro, blanco nieve o transparente, según se quiera ver el futuro.
Nada detiene al tiempo, sólo la mente, en mis pensamientos en un sutil engaño virtual.
Logro escribir y hablar en presente pero cuando lo hago, ya es pasado.
No obstante, a veces creo que el presente es constante, permanente. Sin un antes ni un después, pero ese concepto trastabilla cuando el peso del pasado en mis hombros, hace acto de presencia para resguardar mi identidad.
Sepia es la leyenda. Es el pasado… Pero a decir verdad, sepia es todo lo que está ocurriendo.
El presente es una delgada capa imperceptible, es la línea ínfima divisoria; es algo tan efímero, que tal vez ni exista entre el ayer y el mañana.
¡Es tan veloz el presente!... Casi no se alcanza a percibir su paso. Es una ráfaga constante; aunque extienda la mano con intención de detener algo en ella, nada queda. Todo como viene pasa… De un lado lo sepia, del otro, blanco nieve o transparente, según se quiera ver el futuro.
Nada detiene al tiempo, sólo la mente, en mis pensamientos en un sutil engaño virtual.
Logro escribir y hablar en presente pero cuando lo hago, ya es pasado.
No obstante, a veces creo que el presente es constante, permanente. Sin un antes ni un después, pero ese concepto trastabilla cuando el peso del pasado en mis hombros, hace acto de presencia para resguardar mi identidad.
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Literatura: Reflexión - Autor: Tonycarso
Los sonidos… ¡Aquellos recuerdos!
Los sonidos… ¡Aquellos recuerdos!
- ‘¡Plof!’ -Sonó a hueco- Ese zapallo no sirve -...Y el peón, desde el camión, lo arrojó al vacío-
Tony continuó escuchando atentamente los cachetazos que había inculcado a cada uno de los 6 obreros de campo sobre cada pieza. De esa revisión dependía el buen precio que lograría su padre sobre un mercado amplio como el de Buenos Aires.
Los sonidos se habían hecho carne en él y no solo se deleitaba en los golpes que aquellos daban, más, cuando alguno emitía uno desafinado, su ego se llenaba de todo al mostrar un conocimiento natural. Pero las siestas, esas largas siestas en donde el músculo más rebelde reposa durante las calientes horas de un rígido verano norteño, en donde ni el ladrido de un perro muerde el espacio, en donde se escucha lastimosamente algún cloquear de gallina aburrida en busca de insectos distraídos, en donde los oídos se le inundan de chicharras en preguntas y respuestas mientras el paso acelerado, suave y apagado de algún lagarto, deja una minúscula estela de polvo sobre el sendero elegido… Esos sonidos de propiedad exclusiva de la naturaleza, son con los que él se deleitaba y adormecía en la modorra, bajo la sombra -en andar cansino- de un viejo algarrobo.
- ‘¡Plof!’ -Sonó a hueco- Ese zapallo no sirve -...Y el peón, desde el camión, lo arrojó al vacío-
Tony continuó escuchando atentamente los cachetazos que había inculcado a cada uno de los 6 obreros de campo sobre cada pieza. De esa revisión dependía el buen precio que lograría su padre sobre un mercado amplio como el de Buenos Aires.
Los sonidos se habían hecho carne en él y no solo se deleitaba en los golpes que aquellos daban, más, cuando alguno emitía uno desafinado, su ego se llenaba de todo al mostrar un conocimiento natural. Pero las siestas, esas largas siestas en donde el músculo más rebelde reposa durante las calientes horas de un rígido verano norteño, en donde ni el ladrido de un perro muerde el espacio, en donde se escucha lastimosamente algún cloquear de gallina aburrida en busca de insectos distraídos, en donde los oídos se le inundan de chicharras en preguntas y respuestas mientras el paso acelerado, suave y apagado de algún lagarto, deja una minúscula estela de polvo sobre el sendero elegido… Esos sonidos de propiedad exclusiva de la naturaleza, son con los que él se deleitaba y adormecía en la modorra, bajo la sombra -en andar cansino- de un viejo algarrobo.
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literatura: cuento - Tonycarso
lunes, 11 de agosto de 2008
El valor relativo y absoluto de un rollo fotográfico

“El presente, una delgada capa imperceptible. Una línea ínfima divisoria… Algo tan efímero que tal vez ni exista entre el ayer y el mañana.”
Tonycarso
A Laurita
El valor relativo y absoluto de un rollo fotográfico
- ¡Excelente Tony!… ¡Excelente la obra que has presentado!… -lo felicitaba Carlos mientras otros a su vez, exclamaban- ¡Es sin duda la mejor!… -a la par que el resto sentenciaba-
- … ¡Es la foto que debe lucir el primer premio y no un tercero como le asignaron!
- … Y… Son cosas del amiguismo -aventuró el viejo colega en voz baja-.
- Tengan en cuenta que el autor del primero y segundo premio, es la misma persona… Y sin desmerecer sus obras, es el que provee de productos al laboratorio del club organizador… -Concluía en tono sarcástico e infidente, el viejo fotógrafo-
Cansado de poner su ojo tras el prisma, como dejando en el aire los elementos de sospecha para una denuncia y cancelación definitiva del certamen.
Aquellas palabras tiradas al aire por alguien de peso, minaron el ambiente; desde ese momento, cualquier concurso futuro, tendría un dejo de dudas sobre su seriedad.
Pero Tony mantendría su postura inalterable; había medido las falencias. Rápidamente y convencido que lo suyo era lo correcto, aceptó la imposición del jurado.
Llegó para competir contra “Los Grandes” en su primera participación en la categoría mayor, exponiendo sus obras, producto de su innata e incansable inspiración creativa trasladada al negativo en las andanzas de un fin de semana.
- El tema es libre dentro del recorrido desde la estación Retiro hasta El Tigre… -había sido la consigna dada por los directivos del foto club-
… Y allá fue con el bolso cargado de elementos que en su mayoría ni usaba, pero que llevaba ‘por si las moscas’.
¡No!... Para Tony ya estaba todo dicho. Su naturaleza lo dejaba conforme con el solo hecho de demostrar y principalmente demostrarse, que tenía un alto valor de creatividad entre sus oponentes fotógrafos y artistas consumados. Alguien le había arrimado a su oído, que en su obra leía se leía una poesía de la imagen.
Se había probado a sí mismo, y el tercer premio otorgado no dejaba de ser un triunfo… Pero, por las derivaciones que tuvo el concurso, desvirtuando la nobleza de un certamen cristalino, aquel rollo de fotografía que usara para sus obras, pasaría a tener para sí un valor relativo.
Diferente fue cuando contrataron sus servicios por primera vez para un casamiento.
Ese primer rollo que emplearía en el civil y la ceremonia religiosa tendría una historia muy probada.
Tembló cuando asumió aquel compromiso, aunque le alegró la vista ver sobre el escritorio los primeros billetes que llegaban a sus manos como un anticipo y confirmación de sus conocimientos bien asimilados. No obstante, cuando tomaba conciencia, sentía que el piso se movía. Sabía de su responsabilidad y si bien estaba seguro de su profesión, desconocía todos los pasos a cubrir. Así fue que a partir de ese momento, y durante los dos meses de tiempo que lo separaban de la fecha prefijada, lo empleó en parte viendo álbumes de colegas, acudiendo al Registro Civil de la zona durante los días hábiles y a los templos los fines de semana.
Su obsesión era tal que cierto día, para asegurar las tomas durante la ceremonia en el civil, se calzó un traje y se mezcló entre los invitados, llegando a darle un beso en la mejilla a la mamá del novio mientras la felicitaba por el acontecimiento, y así conseguir introducirse clandestinamente y espiar el desenvolvimiento de sus colegas.
Sabía que, mal que mal, el fotógrafo de turno, le daría las pautas de ubicación y tomas.
Una vez finalizada la ceremonia saludó a la pareja de recién casados con un efusivo abrazo y beso en la mejilla de la novia. Sólo le restaba imaginar un festejo.
No recordaba el procedimiento que empleó aquel fotógrafo cuando realizó el suyo. Indudablemente estaba en otra cosa… Pero el álbum que guardaba, le dio datos preciosos.
Y llegó el día tan mentado y temido. Transpiró la camisa por los nervios que lo consumían. Pero, la responsabilidad es prodigiosa, logró sustraerse por completo y logró, sin darse cuenta, salir airoso en cada paso que fue dando. Salvó el civil, franqueó la ceremonia religiosa, también pasó el parque y llegó el salón. Para ese entonces, ya era un fotógrafo profesional sobre la tierra… Pero su atención continuó hasta el final cuidando el detalle de cada toma elegida y utilizando tantos elementos como los que llevara en aquella oportunidad; hasta se lamentaba por no haber cargado con otros que podrían haberle sido útiles y que se le iban ocurriendo. La obsesión hizo de él, una máquina creando imágenes en toda la noche.
Cuando el festejo llegaba a sus finales y el salón lentamente se poblaba de vacíos, pidió a la pareja que lo siguiera para lograr el cierre en la presentación del álbum.
Estaba más que conforme. Sentía una amplia satisfacción saber que cada hecho estuvo medido por el conocimiento y la responsabilidad.
Pasaron veinte días. La pareja regresó de su luna de miel; los esperaba un muestrario con fotos que habían recibido exclamaciones de admiración y lo llenaban de orgullo, elevaban su autoestima y expandía su vanidad que intentaba ocultar permanentemente. Al cabo de una semana y por teléfono, recibió la primera y desagradable queja.
- ¡Los encuadres no son correctos!... ¡Tienen demasiada luz!... ¡Hay invitados con los ojos cerrados!... ¡No me gusta como estoy en las tomas del parque!... ¡El vestido se me ve arrugado en un costado a la altura de la cintura!... Y...
El pantalón se le cayó. El día se hizo noche y el edificio se le vino abajo. Supo que no debía esperar reconocimiento alguno de la mayoría de las personas cuando el dinero bailaba como anfitrión en el centro de ambas partes y los comprometidos se transforman en renuentes a pagar después de contraída la obligación.
El material se terminó de elaborar y la pareja mal predispuesta, se avino a recibirlo finalmente.
Las tomas eran decididamente inmejorables y magníficamente elaboradas... Pero no así apreciadas. Y fue entonces que una vez más, aquel primer rollo fotográfico, de un valor absoluto, se transformaba en un simple valor relativo.
A partir de esa experiencia mantuvo el manejo de todos los rollos bajo la estricta y rígida postura de un valor relativo. Relativo en las tomas de la familia que posteriormente se desintegraría. Relativo en toda nueva relación que al tiempo se diluía. Relativo en aquel fiel compañero canino que cansado de estar, partió sin avisar. Sí, definitivamente optaba por darle un valor relativo a cada rollo fotográfico que pasara por sus manos. Pero… ¡Llegó el día!… Aquel día ese rollo le diría a Tony la importancia que reúne un rollo fotográfico en la vida de un hombre, fuera de su utilidad como un elemento histórico, legal, probatorio o simple espejo del tiempo arrojado en un papel.
Tenía que pasar todo ese tiempo bajo los pies de Tony para que llegara ese preciso instante en el que el valor absoluto de un rollo de fotos gritara su propio valor, reclamando autenticidad y un pedestal.
Había pasado demasiada agua bajo el puente y también desde que abandonara aquel viejo local. Probaba hoy suerte en una especie de cueva. Un reducido espacio de dos por tres en una galería con escasa afluencia de público… Pero la apechugaba con ventas y conexiones paralelas y afines al rubro. Hasta que llegó el verano y la gente empezó a ralear. De poco, pasó a nada.
Los días se sucedían y también las ausencias. Aunque pequeños -porque cuidaba el detalle-… los compromisos o las deudas se acumulaban.
Sus cálculos ya no servían. No había con qué sustentarlos en la realidad.
- ¿A cuánto tenés el rollo de 36?... -Preguntó el hombrecito con rasgos orientales que se asemejaba más a un duende que a un humano, pero con un buen castellano-
- Este vale ocho y aquél, nueve. -Le respondió Tony, encendiéndosele una lucecita de esperanza en el bolsillo de su pantalón-
En él no había una moneda... Bueno, tampoco en su “riñonera” y mucho menos encanutada en algún escondido rincón. ¡Cero pesos!... Era su verdad. El alma sonrió. Creyó que su hija tendría el codiciado y necesitado “dinerillo” para llegar a su trabajo recientemente logrado y por el que se encontraba orgullosa. Su primer empleo.
Contaba con el apoyo de su padre... Pero sin valor del escaso metal no sabría cómo enfrentar la delicada situación.
Sin contestar, el hombrecito de rostro oriental y castellano correcto, dio media vuelta y partió.
Las sombras regresaron a los ojos de Tony; las horas de la siesta comenzaron a deslizarse acercándole la llegada de su hija, de paso al trabajo, mientras en su estómago aumentaba el concierto de carencias desde hacía 36 horas... ¡De repente!... Como siendo atraído por el fuelle llamador de la insuficiencia, llegó el hombrecito de rasgos orientales y perfecto castellano reclamando su rollo de 36 exposiciones. Presuroso y gustoso Tony se lo entregó con algunas explicaciones necesarias, y aquel hombrecito partió… También lo hizo su hija.
Fue entonces que Tony comprendió del valor absoluto de un rollo fotográfico, cuando se transforma en la única carta de crédito, para matar un compromiso y acallar el apetito... Aunque más no sea por un día.
domingo, 10 de agosto de 2008
El hombre alado

'A veces creemos que el presente es constante…Permanente. Sin un antes ni un después. Pero ese concepto trastabilla cuando el peso del pasado en nuestros hombros, hace acto de presencia para resguardar nuestra identidad.'
Tonycarso
El hombre alado
El hombre hizo lento su camino. Tan sólo faltaban diez minutos para llegar al lugar de la cita concertada. Cita de sábado por la noche que se repetía desde un tiempo atrás. La cena era compartida y le agradaba desgranar sus palabras en pos de oídos hambrientos de relatos, sentires y rimas en metáforas.
El hombre caminaba lento; nadie apuraba su paso. Era como si en cada movimiento absorbiera un poco más de la Vida. Sus pensamientos confluían en un punto y por más que quisiese alejarse de él, caprichosamente regresaba a escondidas jugueteándole a su pesar.
Deseaba desplegar las invisibles alas en su presencia entregando definitivamente el alma en la extensión de aquel abrazo alado.
Su peso no era peso que disgustara en su paso lento. Sus pensamientos estaban más allá de las molestias por las contradicciones. Él avanzaba... Él arremetía... Él insistía en su terquedad hosca y solitaria...
- Algún día… – se decía -… se abrirían las puertas de la gloria y la dicha definitivas.
El hombre ensoñaba sus pensamientos con el recibimiento por venir. Imaginaba recepciones... Manos que se tocan con ansias de ser prisioneras en momentos eternos... Miradas en silencio, de silencios en miradas que deshacen, escudriñan y entregan el alma sin contemplación, sin temores y con tiempos a la magnificencia de la Vida.
Apoyó el pie en el umbral de la puerta, mientras su corazón se transformaba en un tambor selvático anunciando la aparición esperada.
La sangre bullía en su cerebro y tuvo que buscar apoyo en la pared lateral para aspirar profundamente… Los ahogos eran continuos... Las ansias estaban acumuladas y el solo hecho de imaginar su figura descendiendo las escaleras, con la sonrisa clara dibujada en el rostro, el abrir nervioso y torpe de la puerta apurada por entregar el abrazo a un abrazo esperado, hacía vibrar su cuerpo manteniéndolo en vilo. La mano se apoyó franca y abierta en la pared, su cabeza fue hacia abajo para tomar una bocanada de aire y despedirla en una exhalación. Repitió varias veces estos movimientos hasta regresar a la normalidad y retomar la seguridad de su postura.
No tuvo en cuenta el tiempo transcurrido, y se sorprendió observando en la penumbra de la noche iniciada, el ramillete de flores blancas que colgaban del laurel… Pero no dispondría de ellas. Esta vez prefirió que quedasen y terminaran su período de Vida en sus simientes.
- Esta noche no habrá flores blancas – se dijo sin darse cuenta que aquella frase ya contenía aroma a presagio-
Aspiró nuevamente mirando un cielo entre estrellas y nubes, y una luna incompleta, creciente y escondida en algún retazo del gran espacio… Lamentó entonces el no poder ascender como antes a su cielo y volar con aquella libertad que lo caracterizaba en sus dominios. Había descendido de él, no sabía en qué momento, ni recordaba la salida. Desconocía si lo había hecho en un descuido por sí solo, o lo habían desalojado impiadosamente, impulsándolo al vacío, al descenso, a los abismos… Y en su desesperación, arañaba las paredes de los tiempos y de los espacios de sus soledades y angustias, sangrando sus dedos sin uñas y sus manos sin piel, en el afán de encontrar la brecha que lo llevara feliz a su reino celestial eternamente abierto. Tal vez fueron esas tremendas ansias las que lo impulsaron a proyectarse hasta el pulsador y oprimirlo en dos oportunidades, por temor a no ser escuchado, con la gran ilusión pintada en sus ojos, en su boca y su el alma.
Las manos estaban enloquecidas por acercar sus dedos y acariciar su rostro; su pecho ardía por adherirse a suyo y sus labios en fuego, para quemar en fuego a esos otros labios suyos. Temblaba. Era una débil rama sacudida por la brisa. Todo su cuerpo trepidaba… Pero templó sus alas; ellas harían el resto como lo hicieran otras tantas veces. Llevaban es sus grandes plumas, la magia de aquella poción que sumía en el encantamiento de un hechizo de amor.
El hombre estaba preparado. Así lo sentía. Así debía ser. Jamás con aquel sentimiento dejó de ser. La atracción era mutua, existía la dosis de química que lo hiciera funcionar… Había comunicación y nunca dejaron de percibirse aún estando en diferentes puntos del espacio… Ellos se llamaban y se encontraban… Se pensaban y se veían… Se deseaban y se poseían… Un solo cuerpo. Una sola mente. Un solo corazón.
No dudaba del poder que a ambos los unía, pero la luz que bañaría las escaleras, no se encendió… El tiempo transcurría y la oscuridad se había tornado transgresora de aquella ilusión.
Una voz impersonal se desprendió desde lo alto del gran balcón y una llave resguardada en un trozo de género, se precipitó al piso. No hizo ni siquiera el mínimo ademán de tomarla en el aire como otras tantas veces en las que hacía gala de sus reflejos. No, no era ella… Y su alma se desplomó sin estrépito, sus ansias se comprimieron en un grito sordo que pujaba en la impotencia, mezcla de broncas y desencuentros, de soledades y ausencias, de necesidades sin cubrir, contenidas en frustraciones de intentos vanos.
Tomó lentamente y en silencio la llave del piso, la introdujo con un movimiento mucho más lento en el orificio de la cerradura, deseando que jamás se abriera y despertar rápidamente de aquella pesadilla… Pero no… La cerradura cedió. No era una pesadilla, tampoco un simple sueño… Era menos sutil y mucho más cruel… La realidad.
La posibilidad que llegara más tarde no apaciguaba su dolor. Tomaría las fuerzas desde las oscuras profundidades, aspiraría todo el aire que pudiera, hincharía bien su pecho y dibujaría una sonrisa en su boca con mucho sacrificio y ardor, para entregarla a la anfitriona que esperaba solícita, apoyada en el respaldar de la silla, en uno de los extremos de la gran mesa. No comprometería a sus ojos, porque por ellos miraba su alma… No obstante, temía por su voz. Temía que ésta se tornara trémula, vacilante, ahogada por una angustia difícil o imposible de apaciguar con un trago de cordialidad.
Ya no pudo desplegar sus alas en aquella mesa. Cumplió con gran esfuerzo su cometido y se retiró prontamente. No controlaba sus acciones y temía cometer alguna torpeza.
El llanto sacudió a su alma en un vacío. Huérfano y desprotegido, partió.
Y fue ahí que enloquecido, clamó por los vientos, gritó con broncas el nombre ausente y abrió sus alas que se expandieron mucho más en el contraste de aquel cielo, perdiéndose en las oscuridades de las calles que soñara recorrer con ella, como final de una habitual cena, en un acostumbrado sábado por la noche.
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Cuentan los parroquianos en rueda de boliches, entre el vaho del alcohol que mana de las copas y raspa sus gargantas -que dicen estar siempre secas, a veces hasta la borrachera, mientras las comadres murmuran en orejas ajenas-, que de vez en cuando, en las noches con nubes y estrellas y un retazo de luna creciente escondido en algún espacio de un cielo infinitamente abierto y eterno del barrio de Flores, se escucha el batir de grandes alas acompañadas por brisas que traen en sus sonidos el nombre de su amada ausente.
También dicen que las sombras que se ven, no son sombras de nubes, son sus alas que permanecen extendidas para poseerla sin pérdida de tiempo, en un abrazo eterno con fibras finas de oro y plata, con engarces de armonía y amor, cuando la Vida le otorgue el derecho del último encuentro.
Por tu mirada
Por tu mirada
A Maca
Gimió mi Alma adormecida
ante el silencio de tu mirada,
y en mi boca la faz de una palabra:
La mentira.
Por no llorar, por no reír
por callar una verdad insostenida.
Gimió por lo que creyó estar dormido
quieto, oculto... En silencio contenido.
Fue débil el manto en su protección del frío
¡tan débil! que bastó una mirada recogida
para desnudarla y dejarla sin abrigo.
Gimió porque sabe que nada es un olvido.
Porque lo ígneo, mantiene un Amor-Fuego encendido.
Porque se entrega y se sustrae en los letargos
con intención de ocultar a otros ojos
que aún en ella, el Amor permanece vivo.
A Maca
Gimió mi Alma adormecida
ante el silencio de tu mirada,
y en mi boca la faz de una palabra:
La mentira.
Por no llorar, por no reír
por callar una verdad insostenida.
Gimió por lo que creyó estar dormido
quieto, oculto... En silencio contenido.
Fue débil el manto en su protección del frío
¡tan débil! que bastó una mirada recogida
para desnudarla y dejarla sin abrigo.
Gimió porque sabe que nada es un olvido.
Porque lo ígneo, mantiene un Amor-Fuego encendido.
Porque se entrega y se sustrae en los letargos
con intención de ocultar a otros ojos
que aún en ella, el Amor permanece vivo.
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Literatura: poesía - Autor: Tonycarso
'EPIFANÍA'... Destino infinito... de un destino.
“Epifanía”
Destino infinito… de un destino
Destino infinito… de un destino
- ‘Llegamos.’ -se le escuchó decir al más joven-
- ‘¿Llegamos?…’ -respondió el anciano-
- ‘Llegamos.’ -insistió el joven-
- ‘¿A dónde llegamos?…’ -repuso el anciano-
El hombre, ocupando una mesa sobre la vereda de aquel bar, creyó que éste tendría algún impedimento visual; pero no. Algunos gestos le demostraron que aunque sean mínimos, sus sentidos estaban en orden y activos.
- Y… Sí, a algún lugar llegaron -reflexionó el hombre finalmente-… Siempre se llega a algún lugar.
Y sin más, se entregó mansamente a la lectura del matutino que iniciara unos minutos antes, desayuno de por medio, mientras el anciano y el joven continuaban buscando otro lugar adonde llegar en una agradable mañana de domingo soleado.
Carta... De la sombra al hombre
A Magari
Carta
…De la sombra al hombre.
…De la sombra al hombre.
¿Sabes?… Es una sorpresa para ti… Y una satisfacción para mí hablar contigo aunque más no sea a través de esta carta y después de haber caminado a tu lado el tiempo que llevas de Vida, con excepción claro, cuando me extravías en la oscuridad.
Tal vez lo ignores, pero al menos estarás sabiendo que también existo… Plana, adaptándome a cada circunstancia perteneciente a una geometría accidental. Unas veces me colocas adelante, otras atrás, como fastidiado por mi perseverancia; muchas otras a tu costado o saltando según tu caprichoso deambular con la intención tal vez de abandonarme en algún rincón, en un escape repentino cubierta por mis mayores, sin que pienses que estaré esperando en el otro extremo con el deber de acompañar tus pasos permanentemente, sin pedir algo a cambio.
Nací contigo. Soy hija del obstáculo. No tengo conocimiento si mi existencia es útil. Al menos sé que de algún modo lo es para otros, como la de los otros lo es para ti… Pero de algo estoy segura: que gracias a tu existir, existo. Y al existir yo, sabes que entre luces y sombras, existes. Eso… Aunque rara vez te preguntes sobre mí.
Todas somos hijas de obstáculos. Sin ellos no tendríamos existencia.
Somos ínfimas, pequeñas, grandes, inmensas, pero sin mostrar el volumen exacto de nuestro obstáculo. Es nuestro secreto entre él y la luz.
No poseemos sonidos, tampoco visión. Nos adherimos al obstáculo como el ciego al lazarillo; pero me siento feliz porque me das movimiento y por no pertenecer a las que siempre están quietas o adormecidas según la luz.
Por eso, a donde vayas, irremediablemente estaré contigo. Nací contigo. Partiré contigo.
Pero… ¿Sabes?… Constantemente recorre por mi figura plana un desagradable escozor. Cuando te abrigas a la sombra de otros obstáculos, no se aviene a mí el temor porque estás, y de alguna manera, débil, casi difusa, sé que también estoy… Más cuando penetras en la oscuridad, tiemblo. Te abandono o me abandonas y es entonces que corro hasta el otro extremo aterrada, como presintiendo encontrarte nuevamente ahí. Pero mientras la espera transcurre, la angustia de ignorar si es ésa tu salida, desespera mi existir plano y ausente… Hasta que aparezcas, porque si yo he equivocado el lugar del reencuentro o desconoces mi paradero, me corroe el temor de que ambos hubiésemos partido sin tan siquiera un cordial gesto de amistad.
Con afecto, tu sombra.
EL OTRO AMOR
EL OTRO AMOR
En planta baja el índice pulsó el botón de la chicharra y ésta sonó en el piso superior como una exclamación que estremeció el Alma del morador. Todo su cuerpo vibró.
El tiempo de ausencias, de vacíos, de silencios había llegado a su fin. Era la hora acordada, la que estaba escrita en pocas líneas en aquella nota que le diera por la mañana el encargado del edificio.
Ya no más angustias. Ya no más pensamientos oscuros y quejumbrosos.
Todo aquel tiempo de nada, se llenaría a partir de hoy con un todo. Con el Amor, la Pasión, la Ternura… Todas aquellas emociones contenidas irían haciendo su aparición despaciosamente para absorber con profundidad cada acto de entrega.
Comprendía que debía administrar con riguroso orden sus demostraciones para que su mente almacenara cada una de las sensaciones que lo invadieran.
Colocaría el índice sobre sus labios cada vez que ella quisiera explicar sus motivos, anulando el sonido de su voz para dar lugar sólo a las exclamaciones del delirio y los suspiros.
Era la hora de la dicha. Era la hora del Amor absoluto.
La chicharra de la puerta de entrada principal se escuchó y una mano empujó la hoja dejando que ésta cierre tras de sí.
Él iba siguiendo en su mente cada movimiento que ella estaba llevando a cabo, desde el instante de su entrada.
- Ahora llamó al ascensor… Y subió a él… ¡Qué delirio por favor!… ¡Estoy temblando!… -La ansiedad consumía su espera-
- Llegó al piso… Está descendiendo… Escucho sus pasos… -Se decía mientras cerraba sus ojos-
La sangre hervía en sus venas… El rostro ardía en llamas… Las sienes le latían descontroladamente… La visión le desfiguraba las imágenes.
El timbre vibró y el estremecimiento fue compulsivo. Quedó inmóvil, de pie frente a la ventana. No quería darse vuelta. Consideraba que sería más placentero presentir el acercamiento a su espalda.
Tardó en accionar el automático y la puerta del departamento se abrió. Los tacos femeninos golpearon suavemente el parquet. Con sus ojos cerrados, aspiró aquel perfume que llenara horas su mente de fantasías, mientras una voz áspera y desagradable lo impulsó a girar y mirar aquel rostro.
- … Y usted… ¿Quién es?
- Soy la mensajera de Rebeca. Me pidió trasmitirle que ya no la espere. Ella ha consolidado un nuevo hogar.
- Pero… ¿Cómo un nuevo hogar?... ¿Porqué tanto despecho?... -gimió con un hilo de voz- Ese hombre… ¿La ama con tanta intensidad como la amo yo? -logró balbucear-
- Desconozco con qué intensidad la puede amar usted, o algún otro señor, pero puedo asegurarle que mi amor por ella es muy profundo y ella me corresponde…
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literatura: cuento - Tonycarso
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